miércoles, febrero 10, 2010

Cortázar el peatón

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Siempre he tenido una cierta aversión a los vehículos automotor; sin embargo, nunca hasta ahora, me había topado con un escrito que tan lúcidamente explicara esa antipatía. Ese pequeño escrito (de Cortázar por cierto), aparece en la variopinta compilación intitulada "Papeles Inesperados".

No voy a hacer una crítica literaria correspondiente, sino hablar un poco de las razones que tuvo Cortázar -así como yo-, para desdeñar el objeto-automóvil (aunque no así otros tipo de transporte colectivo).

Para empezar, la muy elocuente mano de Cortázar, escribe desde el punto de vista del Peatón, ese individuo que no tiene derecho de circulación más allá de lo que marcan las numerosas líneas amarillas que lo contienen. (Y ni hablar de las bicicletas, que no tienen el más mínimo derecho -al menos en mi ciudad no-). Así que Cortázar comienza su escrito diciendo:
A esta altura de mi vida en una gran ciudad, lo mejor que le encuentro a un automóvil es que no sea mío. Desgraciadamente ellos no parecen compartir este rechazo, y me basta salir a la calle para ingresar en un sistema y un código en los que sólo la vigilancia más atenta puede evitar el rápido paso de la integridad a la papilla.
La primera frase es contundente. Creo que si lo volviera a escribir, Cortázar omitiría "a esta altura de mi vida", o lo remplazaría por "a esta altura de la vida", ya que hoy por hoy millones de automóviles hacen uso indiscriminado del espacio público, para allanarlo y convertirlo en espacio privado de los que tienen acceso inmediato a un automóvil.

Quizá lo más interesante es que Cortázar nos invita a reflexionar ¿para qué (realmente) sirve un automóvil?, y me refiero aquí a esos entes que se mueven solitarios por la autopista y las calles de la ciudad. Evidentemente existen muchas respuestas para ese cuestionamiento, y eso sin inmiscuir a la industria de los hidrocarburos o a las mismas armadoras de autos; es más, omitiendo totalmente el tema de la contaminación o el calentamiento global, que en 1969 (cuando fue escrito el pequeño texto), estaban fuera de todo contexto.

El mito-automóvil existe porque es uno de los valores de la sociedad capitalista más arraigados; los individuos trabajan para obtener uno de estos bienes preciados, para mantenerlo y después para poder remplazarlo. Tienen nombres mitológicos que nos recuerdan un pasado remoto y aventurero. Algunos remiten a nombres de nubes (Cirrus, Stratus), otros hacen uso de barbarismos ("Focus", fuego), una marca entera nos hace hincapié en un pasado socialista (Volkswagen), y otros simplemente tienen nombres fonéticamente atractivos.

La cuestión quizá no sólo radica en la practicidad y la comodidad; también está el asunto del control, del status, de la soberanía que se adquiere al estar detrás del volante. La persona-automóvil adquiere una confianza inusitada cuando tiene el control en sus manos, cuando puede trasladarse a donde le plazca, cuando acciona la bocina en el momento en que no le conceden el paso.

El automóvil nos vuelve anónimos, nos da la capacidad de acceder a un mundo acético y aislado, ajeno a los conflictos del mundo exterior. Ese espacio nos protege de las agresiones de la intemperie, del frío, de la lluvia, de la posibilidad de resultar afectados por las inclemencias del tiempo.

Volver a ser peatones-individuos-personas ya no es una opción. Si queremos reemplazar a la persona-mito-objeto-automóvil, habría que plantearnos primero la posibilidad de cambiar toda nuestra relación con el entorno y con el resto de los individuos.

El día en que las calles sean La autopista del sur y los automóviles, incapaces de moverse, se conviertan en habitaciones; y las personas, incapaces de ignorar al otro, vuelvan a interactuar con el resto de las personas, quizá ese día haya la posibilidad de modificar el panorama actual que gira entorno al automóvil.

Por ahora, ¿cómo reconciliarse con los autos? Dejemos que Cortázar nos dé la respuesta:
¿Me reconciliaré alguna vez con los autos? Tal vez, pero para ellos tendrían que ser muy diferentes de lo que son, y cuando hablo de autos hablo sobre todo de sus dueños y conductores. Los aceptaría si la ciudad estuviera llena de formas insólitas y coloreadas, de pinturas y dibujos en movimiento, de burbujas o de paralelepípedos que prismaran las luces al moverse, de una individualidad que cada vez falta más en nuestra civilización; los aceptaría si sus conductores, tantas veces solos en el volante mientras la gente sale de sus trabajos y busca ansiosamente un autobús ya lleno o ausente, invitaran a aquellos que coincidieran con su itinerario, los acercaran a sus casas y charlaran un poco con ellos. Ya sé que es mucho pedir, y que casi siempre el que se compra un autor no lo hace para acercarse sino para separarse, para reinar como un pequeño déspota dentro de su triste escarabajo reluciente. De manera que hasta nueva orden sigo andando a pie o tomando el metro; siento la brisa en la cara y el suelo bajo mis zapatos, me rozo con la gente y cuando puedo hablo con ella. Retrógrado, sin duda, pero mucho más feliz.

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[Las citas fueron tomadas del texto Monólogo del peatón, de Julio Cortázar, compilado en Papeles Inesperados (2009)]

2 comentarios:

José Agustín Solórzano dijo...

claro! ya tuve la oportunidad de leer los papeles inesperados, muy buen texto, tambièn ya que hablas del automovil, en diciembre del año pasado en letras libres publicaron un artìculo muy interesante acerca de un ensayo que en 1973 hizo André Gorz, es interesante, te dejo el link por si gustas http://www.letraslibres.com/index.php?art=14232

Por cierto, ojalá pudieras conseguir algùn evento en puebla, me gustarìa llevar unos libros y compartir tragos y versos.
saludos!

José Agustín Solórzano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.